Alana en A…

Cada mañana Alana trataba acatar a la mandanta tras las malas caras, tras las amargas palabras: vas a fracasar fatal, maladaptada! trabaja más! jamás alcanzas a acabar, changa marañada !

Maltratada hasta acabarla, Alana clamaba a la malvada Aranza al andar harta hasta las agallas: Basta ya, chachalaca gastada! acá arrastras tantas alajas lacadas, tantas gafas Prada anaranjadas, tanta fachada, mas tamaña farsa, tamañas carcajadas darán hasta las chachas al captar las tranzas, las patrañas trabajadas tras añadas. aplaca las palabras ya, naca malsana

Cronicas Marcianas…

– ¿Llamaste? – preguntó, irritado.
– No – dijo la señora K.
– Creí oírte gritar.
– ¿Grité? Descansaba y tuve un sueño.
– ¿Descansabas a esta hora? No es tu costumbre. La señora K seguía sentada, inmóvil, como si el sueño, le hubiese golpeado el rostro.
– Un sueño extraño, muy extraño – murmuró.
– …Ah. – Evidentemente, el señor K quería volver a su libro.
– Soñé con un hombre… – dijo su mujer
– ¿Con un hombre?
– Un hombre alto, de un metro ochenta de estatura
– Qué absurdo. Un gigante, un gigante deforme.
– Sin embargo… – replicó la señora K buscando las palabras- Y… ya sé que creerás que soy una tonta, pero… ¡tenía los ojos azules!
– ¿Ojos azules? ¡Dioses! – exclamó el señor K – ¿Qué soñarás la próxima vez? Supongo que los cabellos eran negros.
– ¿Cómo lo adivinaste? – preguntó la señora K excitada.
El señor K respondió fríamente:
– elegí el color mas inverosímil. …
– ¡Pues eran negros! – exclamó su mujer -. Y la piel, ¡blanquísima! Era muy extraño. Vestía un uniforme raro. Bajó del cielo y me habló amablemente.
– ¿Bajó del cielo? ¡Qué disparate!
– Vino en una cosa de metal que relucía a la luz del sol – recordó la señora K, y cerró los ojos evocando la escena -. Yo miraba el cielo y algo brilló como una moneda que se tira al aire y de pronto creció y descendió lentamente. Era un aparato plateado, largo y extraño. Y en un costado de ese objeto de plata se abrió una puerta y apareció el hombre alto.

– Si trabajaras un poco más no tendrías esos sueños tan tontos.
– Pues a mí me gustó – dijo la señora K reclinándose en su silla -. Nunca creí tener tanta imaginación. ¡Cabello negro, ojos azules y tez blanca! Un hombre extraño, pero muy hermoso.
– Seguramente tu ideal.
– Eres antipático. No me lo imaginé deliberadamente, se me apareció mientras dormitaba. Pero no fue un sueño, fue algo tan inesperado, tan distinto… El hombre me miró y me dijo: «Vengo del tercer planeta. Me llamo Nathaniel York…»
– Un nombre estúpido. Eso no es un nombre.
– Naturalmente, es estúpido porque es un sueño – explicó la mujer suavemente – Además me dijo: «Este es el primer viaje por el espacio. Somos dos en mi nave; yo y mi amigo Bart.»
– Otro nombre estúpido.
– Y luego dijo: «Venimos de una ciudad de la Tierra; así se llama nuestro planeta.» Eso dijo, la Tierra. Y hablaba en otro idioma. Sin embargo yo lo entendía con la mente. Telepatía, supongo.
El señor K se volvió para alejarse; pero su mujer lo detuvo, llamándolo con una voz muy suave.
– ¿Yll? ¿Te has preguntado alguna vez…. bueno, si vivirá alguien en el tercer planeta?
– En el tercer planeta no puede haber vida, es obvio – explicó pacientemente el señor K – Nuestros hombres de ciencia han descubierto que en su atmósfera hay demasiado oxígeno….

Matalos a todos, come frutas y verduras

Por cuarta ocasión en la misma semana, Federico Mejía se despertó sobresaltado, con un intenso dolor de cabeza, y escuchando esa escalofriante voz que desde hacía varias noches acosaba sus pensamientos.

—¡Mátalos a todos! —le susurraba la misteriosa voz interior.

Federico cerró los ojos y ocultó la cabeza bajo la almohada, intentando ignorarla con la esperanza de que eventualmente desapareciera.

—¡Mátalos a todos! —insistió la voz.

—¡No! —murmuró Federico, temeroso de despertar a su esposa.

—¡Mátalos! ¡Mátalos! ¡Mátalos! —continuó la voz, resonando cada vez más fuerte dentro de su cabeza, y provocando que comenzara a sentirse aturdido.

Antes de que la sensación de malestar se apoderara por completo de él, Federico corrió al baño y se encerró. Una vez adentro, abrió la llave y se echó agua en la cara, esto disminuyó el aturdimiento pero no logró calmar a la cada vez más iracunda voz.

—¡Debes obedecer y matarlos a todos! —repetía la voz una y otra vez.

Finalmente, y justo antes de sucumbir a la locura total, Federico cerró los ojos, respiró con profundidad y preguntó:

—¿Por qué?

La voz se calló por varios segundos, durante los cuales Federico no se atrevió ni a respirar, y finalmente, se hizo oír de nuevo.

—¿Por qué, qué? —preguntó la voz susurrando.

—¿Por qué quieres que los mate a todos?

—Por… ¿Favor?

—No. Me has atormentado durante semanas. Si pretendes que mate a toda mi familia a sangre fría, por lo menos me tienes que dar una buena razón.

—¿Porque lo digo yo?

—¿Quién eres, mi mamá? Esa no es razón suficiente.

—¿Y qué diferencia hay? —preguntó la voz con impaciencia— Cuando una voz en tu cabeza te ordena que mates a alguien, tomas el hacha o la sierra eléctrica más cercana y lo haces sin chistar. Así ha sido siempre.

—Para ti es muy fácil decirlo. Una vez que asesine a mi familia tú desapareces y a mí me encierran en la cárcel o en un psiquiátrico.

—Pero habrás cumplido con la voluntad del Señor. —dijo la voz en tono solemne.

—¿Cuál Señor?

—Ya sabes… —titubeó— El Señor.

—Vas a tener que ser más específico. ¿Sabes a cuantos señores conozco? Mi suegro, el señor del puesto de periódicos, el señor de la farmacia…

—¿Por qué te haces el difícil? —interrumpió irritada la voz— A cualquier otra persona le menciono al Señor y quiere matar hasta a la familia del vecino, pero tú insistes en burlarte de mí.

—No me estoy burlando de ti. —contestó Federico— Sólo quiero que me expliques, ¿Qué gano yo con matar a mi familia?

—Puedes salir en el periódico, ser la inspiración para una película de terror, ¿Qué sé yo?

—Lo siento, pero no me convences.

—¿Quieres que te lo cante? A lo mejor así me haces caso.

—Con ese tono sarcástico no vamos a llegar a ningún lado, ¿Eh?

—Está bien, está bien. —dijo la voz en tono conciliador— Ha sido un día difícil. La verdad estoy harto de este trabajo.

—¿Y por qué no cambias de profesión? —preguntó Federico— Pasarte la vida incitando a la gente a asesinar a los demás es un trabajo bastante macabro.

—¡Solía ser muy divertido! —replicó la voz con melancolía— Incluso nos daban bonos cuando lográbamos volver completamente loca a una persona. En cambio ahora las condiciones laborales son muy malas, no tenemos ningún tipo de prestación, sólo nos dan diez minutos al día para ir al baño y trabajamos turnos de doce horas. ¿Lo puedes creer?

—Son unos miserables. —dijo Federico indignado.

—También el negocio ha ido decayendo. —agregó la voz— Los avances más recientes en psiquiatría nos han quitado mucho mercado.

—¿Y no has pensado en hacerle promoción a alguna marca? Te apuesto a que hay empresas que pagarían muy bien para que te dediques a susurrar cosas como “Coca – Cola, el lado bueno de la vida” o “Kola Loka pega de locura”.

—Tengo un par de clientes pero tampoco pagan tan bien—dijo la voz con cierta tristeza— La gente que escucha voces no es precisamente el tipo de público al que la mayoría de las marcas quiere llegar. Sin ofender.

—Pero por lo menos no estarías provocando la muerte de tanta gente.

—Me parece menos vil convencer a un hombre de que mate a su abuela que meterme en su cabeza y estarle repitiendo que vaya y compre un refresco.

—Entonces por lo menos se podrían tomar la molestia de explicar por qué tiene uno que hacer lo que ustedes dicen.

—¿Sabes que eres la primera persona que me cuestiona en todos los años que llevo en esto? —dijo la voz— Pero está bien, le pasaré tus comentarios a mi supervisor.

—Es lo mínimo que uno se merece.

—Pues muy bien. —dijo la voz suspirando— Supongo que no va a haber manera de que me hagas caso y asesines a tu familia, ¿verdad?

—Lo siento mucho, no creas que es algo personal.

—Está bien —replicó resignada— Entonces te recomiendo que te consigas un buen psiquiatra porque cualquier día puede venir alguno de mis colegas a molestarte.Te puedo recomendar a uno si quieres.

—¿Cuánto paga un psiquiatra para que lo recomiendes? —preguntó irónico Federico.

—¡Estás completamente loco! —dijo la voz fingiendo indignación— Sólo a una mente muy retorcida se le ocurriría algo así. En fin, me despido porque ya casi termina mi turno. ¡Ah! Y si no los vas a matar a todos, quiero que sepas que en la Comercial Mexicana tenemos 2×1 toda esta semana en el departamento de salchichonería…

Federico se volvió a mojar la cara y la voz desapareció súbitamente, justo en el momento en el que empezaba a hablar de los beneficios de tomar Malunggay