Matalos a todos, come frutas y verduras

Por cuarta ocasión en la misma semana, Federico Mejía se despertó sobresaltado, con un intenso dolor de cabeza, y escuchando esa escalofriante voz que desde hacía varias noches acosaba sus pensamientos.

—¡Mátalos a todos! —le susurraba la misteriosa voz interior.

Federico cerró los ojos y ocultó la cabeza bajo la almohada, intentando ignorarla con la esperanza de que eventualmente desapareciera.

—¡Mátalos a todos! —insistió la voz.

—¡No! —murmuró Federico, temeroso de despertar a su esposa.

—¡Mátalos! ¡Mátalos! ¡Mátalos! —continuó la voz, resonando cada vez más fuerte dentro de su cabeza, y provocando que comenzara a sentirse aturdido.

Antes de que la sensación de malestar se apoderara por completo de él, Federico corrió al baño y se encerró. Una vez adentro, abrió la llave y se echó agua en la cara, esto disminuyó el aturdimiento pero no logró calmar a la cada vez más iracunda voz.

—¡Debes obedecer y matarlos a todos! —repetía la voz una y otra vez.

Finalmente, y justo antes de sucumbir a la locura total, Federico cerró los ojos, respiró con profundidad y preguntó:

—¿Por qué?

La voz se calló por varios segundos, durante los cuales Federico no se atrevió ni a respirar, y finalmente, se hizo oír de nuevo.

—¿Por qué, qué? —preguntó la voz susurrando.

—¿Por qué quieres que los mate a todos?

—Por… ¿Favor?

—No. Me has atormentado durante semanas. Si pretendes que mate a toda mi familia a sangre fría, por lo menos me tienes que dar una buena razón.

—¿Porque lo digo yo?

—¿Quién eres, mi mamá? Esa no es razón suficiente.

—¿Y qué diferencia hay? —preguntó la voz con impaciencia— Cuando una voz en tu cabeza te ordena que mates a alguien, tomas el hacha o la sierra eléctrica más cercana y lo haces sin chistar. Así ha sido siempre.

—Para ti es muy fácil decirlo. Una vez que asesine a mi familia tú desapareces y a mí me encierran en la cárcel o en un psiquiátrico.

—Pero habrás cumplido con la voluntad del Señor. —dijo la voz en tono solemne.

—¿Cuál Señor?

—Ya sabes… —titubeó— El Señor.

—Vas a tener que ser más específico. ¿Sabes a cuantos señores conozco? Mi suegro, el señor del puesto de periódicos, el señor de la farmacia…

—¿Por qué te haces el difícil? —interrumpió irritada la voz— A cualquier otra persona le menciono al Señor y quiere matar hasta a la familia del vecino, pero tú insistes en burlarte de mí.

—No me estoy burlando de ti. —contestó Federico— Sólo quiero que me expliques, ¿Qué gano yo con matar a mi familia?

—Puedes salir en el periódico, ser la inspiración para una película de terror, ¿Qué sé yo?

—Lo siento, pero no me convences.

—¿Quieres que te lo cante? A lo mejor así me haces caso.

—Con ese tono sarcástico no vamos a llegar a ningún lado, ¿Eh?

—Está bien, está bien. —dijo la voz en tono conciliador— Ha sido un día difícil. La verdad estoy harto de este trabajo.

—¿Y por qué no cambias de profesión? —preguntó Federico— Pasarte la vida incitando a la gente a asesinar a los demás es un trabajo bastante macabro.

—¡Solía ser muy divertido! —replicó la voz con melancolía— Incluso nos daban bonos cuando lográbamos volver completamente loca a una persona. En cambio ahora las condiciones laborales son muy malas, no tenemos ningún tipo de prestación, sólo nos dan diez minutos al día para ir al baño y trabajamos turnos de doce horas. ¿Lo puedes creer?

—Son unos miserables. —dijo Federico indignado.

—También el negocio ha ido decayendo. —agregó la voz— Los avances más recientes en psiquiatría nos han quitado mucho mercado.

—¿Y no has pensado en hacerle promoción a alguna marca? Te apuesto a que hay empresas que pagarían muy bien para que te dediques a susurrar cosas como “Coca – Cola, el lado bueno de la vida” o “Kola Loka pega de locura”.

—Tengo un par de clientes pero tampoco pagan tan bien—dijo la voz con cierta tristeza— La gente que escucha voces no es precisamente el tipo de público al que la mayoría de las marcas quiere llegar. Sin ofender.

—Pero por lo menos no estarías provocando la muerte de tanta gente.

—Me parece menos vil convencer a un hombre de que mate a su abuela que meterme en su cabeza y estarle repitiendo que vaya y compre un refresco.

—Entonces por lo menos se podrían tomar la molestia de explicar por qué tiene uno que hacer lo que ustedes dicen.

—¿Sabes que eres la primera persona que me cuestiona en todos los años que llevo en esto? —dijo la voz— Pero está bien, le pasaré tus comentarios a mi supervisor.

—Es lo mínimo que uno se merece.

—Pues muy bien. —dijo la voz suspirando— Supongo que no va a haber manera de que me hagas caso y asesines a tu familia, ¿verdad?

—Lo siento mucho, no creas que es algo personal.

—Está bien —replicó resignada— Entonces te recomiendo que te consigas un buen psiquiatra porque cualquier día puede venir alguno de mis colegas a molestarte.Te puedo recomendar a uno si quieres.

—¿Cuánto paga un psiquiatra para que lo recomiendes? —preguntó irónico Federico.

—¡Estás completamente loco! —dijo la voz fingiendo indignación— Sólo a una mente muy retorcida se le ocurriría algo así. En fin, me despido porque ya casi termina mi turno. ¡Ah! Y si no los vas a matar a todos, quiero que sepas que en la Comercial Mexicana tenemos 2×1 toda esta semana en el departamento de salchichonería…

Federico se volvió a mojar la cara y la voz desapareció súbitamente, justo en el momento en el que empezaba a hablar de los beneficios de tomar Malunggay

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